Los conflictos bélicos regionales en la regulación del orden mundial

Los conflictos bélicos regionales en la regulación del orden mundial

En un mundo tumultuoso, azotado por la violencia, se destaca la encrucijada que marca la actual crisis económica y la oportunidad para cambiar los paradigmas de modelo económico y de seguridad que permitan avanzar hacia un modelo basado en la cohesión y en la seguridad humana, que haga a las personas libres de necesidad y de temor.

Tomàs Gisbert, Gaceta Sindical. Reflexión y debate, nueva etapa nº 12 (junio 2009)

El panorama mundial, en relativamente poco tiempo, ha experimentado un giro notable. De una prolongada etapa de crecimiento económico se ha pasado a una profunda crisis económica comparable a la gran depresión de los años treinta, asimismo el inicio del mandato de Barack Obama y el fin de una administración norteamericana profundamente conservadora, enzarzada en la denominada guerra contra el terror, marca un punto de inflexión que ha despertado enormes expectativas. Estamos, sin duda, en un momento de crisis y de cambio de cuya salida dependerá el próximo futuro.

El fin de la guerra fría también fue un momento que alentó nuevas esperanzas, la esperanza de que finalizado el enfrentamiento entre oriente y occidente pudiéramos avanzar hacia un mundo en paz, en el que el enorme gasto militar que había originado la insensata a carrera de armamentos se tornara en lo que se denominó el dividendo por la paz, un dividendo que permitiera rebajar las escandalosas diferencias entre paises ricos y pobres que asolan nuestra casa común. Desaparecida la confrontación entre los dos grandes bloques que se enfrentaban en múltiples conflictos de baja o alta intensidad en la periferia, emergieron nuevos conflictos, motivados por nuevas causas y nuevos actores, lo que Mary Kaldor ha dado en denominar las “nuevas guerras”, nuevas para distinguirlas de las guerras procedentes de épocas anteriores, pero también guerras para remarcar el carácter político de estos nuevos tipos de violencia. Se ha abierto la inquietud sobre las guerras locales y regionales, la inestabilidad que generan los estados débiles y deteriorados y el aumento de las redes de delincuencia y terrorismo internacional. Y por si no fuera suficiente también persisten algunos de los antiguos peligros, como la existencia de grandes arsenales nucleares y la proliferación de armas, de este u otro tipo, altamente letales.

Los conflictos armados han continuado. Ello puede ilustrarse, para no entrar en una relación exhaustiva, con los conflictos que se registraron en 2008. El informe Alerta2009!, que anualmente viene elaborando la Escola de Cultura de Pau, registró en el pasado año 31 conflictos armados. A nivel metodológico el informe considera conflicto armado como todo enfrentamiento protagonizado por grupos regulares o irregulares en el que el uso continuado y organizado de la violencia provoca un mínimo de 100 víctimas mortales en un año y/o un grave impacto en el territorio o la seguridad humana, persiguiendo objetivos diferenciables de los de la delincuencia común. De estos conflictos 10 tuvieron una intensidad muy elevada de la violencia, generando un cifra notablemente superior a las 1.000 víctimas mortales.1

Asimismo se registraron también 80 escenarios de tensión en el mundo, considerando como tensión aquella situación de conflicto en el que el uso de la violencia no alcanza a la de un conflicto armado, pero que puede incluir enfrentamientos, represión, golpes de Estado, atentados y otros ataques, y cuya escalada podría degenerar en en un conflicto armado.

Por zonas, la mayoría de conflictos armados y tensiones en 2008 se ubicaron en Asia (14 conflictos armados y el 34% de las tensiones) y África (9 y 35% respectivamente), aunque Europa no escapó de tener 4 conflictos armados.

La mayoría de conflictos en 2008 hicieron referencia a aspiraciones identitarias o demandas de mayor autogobierno, pero también estuvieron vinculados a la lucha por acceder o erosionar el poder, o al control de los recursos o del territorio.

Es complejo determinar las causas de cada conflicto, y difícilmente pueden resumirse en una sola pues suelen ser producto de la conjunción de diversas causas de tipo social, político, económico territorial o identitario. Podríamos atrevernos a resumir las causas de los conflictos armados en dos grandes grupos. De un lado las que se derivan de los agravios que se producen contra la población y que se pueden concretar en luchas por acceder al poder, falta de libertades, justicia social, pobreza y reparto desigual de la riqueza. Por otro la codicia, los conflictos que surgen del deseo de apoderarse de un territorio para acceder a sus recursos.

Es necesario destacar, por otra parte, que los términos de guerra y paz son también relativos, y que países que formal o aparentemente están en estado de paz pueden acumular más muertes violentas que en períodos de guerra. Así podemos poner por ejemplo el Salvador en el que en 1995 las muertes por arma, 8500, fueron superiores a la mortalidad media de 6.250 personas por año en tiempo de guerra. O de otro lado Brasil, donde las muertes violentas superan con creces el número muertes en conflictos sangrientos como la guerra de Vietnam, sólo en 2004 hubo 48.374 muertes violentas por agresión como registró el Tercer Informe Nacional sobre Derechos Humanos, divulgado por la Universidad de Sao Paulo. Aunque estos asesinatos no guarden relación clara con los problemas políticos, no por ello dejan de reflejar la persistencia de una economía política violenta a pesar de la ausencia formal de guerra.

Vivimos pues en un mundo en el que los conflictos y la violencia armada se resisten a desaparecer . Pero no podríamos entender la naturaleza de estas nuevas guerras sino atendiéramos a los cambios que ha provocado la globalización.

Globalización y exclusión

La globalización ha cambiado la arquitectura de la economía mundial y por consiguiente ha tenido también un fuerte impacto en el escenario mundial. La globalización económica es el proceso por el cual las economías nacionales se han ido integrando progresivamente en el marco de una economía internacional, de tal manera que su evolución se ha tornado más dependiente de los mercados internacionales disminuyendo la influencia de las políticas gubernamentales.

Estaríamos equivocados si nos dejáramos engañar con el nombre con que ha venido a denominarse este proceso y pensáramos que ha tenido un efecto uniformizador de los países y las economías, al contrario, la internacionalización masiva ha tenido unos poderosos efectos desestructuradores generando nuevas desigualdades, el debilitamiento o la ruina de los estados-providencia como obstáculo al libre funcionamiento de los mercados y la rápida disminución de la cohesión social.

Ha aumentado la brecha entre países desarrollados y países empobrecidos2 convirtiéndola en uno de los principales problemas de nuestro tiempo porque está en la base de la presión ambiental, los conflictos bélicos, la inestabilidad política y social, la pobreza. No son, ciertamente, problemas nuevos pero con la globalización estos problemas se han agravado. A principios del siglo XXI, 80 países tenían unas rentas per capita inferiores a las de la década anterior. La brecha entre ricos y pobres también ha aumentado en los países industrializados, que han visto como la parte de la renta nacional apropiada por las capas más ricas de la población aumentaba de manera escandalosa. El 20% de la población mundial consume el 80% de los recursos disponibles, siendo la principal beneficiaria del régimen actual del comercio y la inversión mundial.

Amplias zonas del planeta han quedado excluidas del interés de los grandes inversores, sólo interesados en las primeras materias que puedan ofrecerles y que, a menudo, se convierten en fuente de conflicto. África es un buen ejemplo de ello, y ha visto sus riquezas en petroleo, diamantes o coltán convertirse en el epicentro de la exclusión y el conflicto, en lo que ha dado en llamarse como la maldición de la riqueza.

La globalización capitalista ha dibujado una nueva arquitectura de la economía mundial profundamente asimétrica pero interdependiente, organizada, como en la futurista película “Código 46” de Michael Winterbottom, en áreas productivas, opulentas y ricas en información opuestas a las áreas empobrecidas, devaluadas económicamente y socialmente excluidas.

Así el capitalismo ha dejado de ser un sistema inclusivo, los beneficios del crecimiento económico no se han distribuido equitativamente y se han concentrando en un número relativamente pequeño de países, marginalizando a la mayoría del mundo, al mundo empobrecido. La globalización ha generado una nueva lógica de exclusión, que comprende tanto la exclusión más absoluta, como las nuevas relaciones subordinadas de integración del sur en el Norte. La exclusión, asimismo tiene tanto un componente horizontal o geográfico que divide a los países, como un componente vertical, que la hace presente, aunque en diferentes grados, en la inmensa mayoría de países estén ubicados en el Norte o en el Sur.

Las escandalosas diferencias económicas entre un norte rico y un sur empobrecido se han visto exacerbadas por la opresión y exclusión políticas cada vez más acentuadas, junto a una creciente sensación de marginalización.

La globalización ha trastocado el papel del estado. Se ha señalado cómo el estado ha perdido autoridad económica. La economía ha saltado por encima de las fronteras y los instrumentos de los que disponen los estados son débiles para controlar las variables macroeconómicas básicas, incluso para defender la libre competencia o para redistribuir las rentas. Los estados nación han pasado, de ser intermediarios entre las fuerzas económicas y las economías domésticas, a ser los encargados de adaptar las economías domésticas a las exigencias de la economía mundial. En todo este proceso el discurso liberal ha destacado la ola de democratización y de elecciones multipartidistas que tuvo lugar, tras la caída del muro de Berlín, durante los años noventa pero este proceso se dió después de que la comunidad internacional hubiese decidido de antemano la política comercial y macroeconómica de la mayoría de países involucrados.

El mundo empobrecido no ha permanecido de brazos cruzados frente a la exclusión, se ha reintegrado a si mismo en el sistema liberal mundial a través de la expansión y profundización de la denominada economía sombra, aquella que permanece fuera de las contabilidades oficiales, fuera de la legalidad de integración Norte-Sur. La economía informal representa un porcentaje muy alto de la actividad económica en gran número de países. El comercio informal de todo tipo de bienes y servicios es actualmente el modo de ganarse la vida para millones de habitantes del Sur, y aunque está excluido de las redes oficiales de la economía internacional es un componente esencial de todo el comercio mundial. A lo que hay que unir también las actividades criminales -mafias de la droga, comercio de armas, mujeres, niños, órganos o emigrantes- que operan globalmente en red.

Con ello, se da la paradoja, junto a la ya conocida de que los países emergentes han podido serlo precisamente porque no han seguido las reglas de ajuste y de liberalización de mercados dictadas por organismos como el Banco Mundial o El Fondo Monetario Internacional, de que el desarrollo real que se ha producido en el mundo empobrecido ha sido gracias a una respuesta indirecta, antagónica y subversiva de estas políticas. La desregulación y la liberalización del mercado ha promovido un orden social liberal, creando riqueza en un polo, pero ha llevado a la informalización de la economía, la expansión del comercio en la sombra, la criminalización de una parte de la economía y de muchas de las transacciones internacionales y el aumento de la guerra de red.

En el caso de las nuevas guerras, la desregulación del mercado ha intensificado todas las formas de comercio paralelo y transfronterizo y ha permitido a las partes en conflicto la formación de redes locales y globales, así como el establecimiento de economías sumergidas que son los nuevos medios de obtención de recursos y autoabastecimiento.

La ruptura del orden normativo que ha provocado la exclusión del mundo empobrecido ha generado un mundo más tumultuoso, en el que la guerra y la violencia es la forma de adaptación y regulación frente a los efectos de la desregulación del mercado y a la limitación y debilitamiento de las competencias del Estado-nación.

La exclusión inicial del mundo empobrecido ha retornado al mundo rico en forma de una mayor inseguridad. Esto ha originado en el Norte la percepción del Sur como peligro y el subdesarrollo como una fuente de conflicto, de criminalización y de inestabilidad. Esta percepción es la que impregna la definición de amenazas a la seguridad que realiza la Unión Europea, o la misma Directiva de Defensa Nacional3 del Gobierno de Rodríguez Zapatero. Así la Directiva, en sintonía con el documento base de la política de seguridad de la UE “Una Europa segura en un mundo mejor” aprobado en la cumbre de Bruselas de 2003, define como amenazas el terrorismo internacional, la criminalidad organizada, los grandes movimientos de inmigración ilegal, el tráfico de armas de destrucción masiva o las catástrofes medioambientales, y como riesgos el acceso a los recursos básicos. Todas las amenazas proceden o se libran en el Sur.

La paz liberal

Presentar el Sur como un peligro ha llevado a la construcción de un nuevo discurso por el que se relativizan los conflictos, se hace recaer en los actores del Sur la principal carga de responsabilidad y se crea un discurso que confina las causas del conflicto en el Sur. Ello da argumentos para nuevas intervenciones militares, justificadas como humanitarias, y para un rearme militar que ahonda aún más la brecha entre Norte y Sur. Considerar el subdesarrollo como un peligro ha hecho, también, converger las políticas de desarrollo con las de seguridad. Las políticas de ayuda al desarrollo, o los intentos de promoción del desarrollo económico, encajan en este esquema en una lógica de alivio de la pobreza mundial y de control de los disturbios, como complemento a las políticas de desregulación del mercado y las recetas de ajuste estructural, al tiempo que desresponsabilizan al Norte y a estas políticas de las causas del propio subdesarrollo.

Es necesario referirse a las nuevas formas de gobernación global, o gobernación liberal. El debilitamiento del Estado Nación o la inexistencia una institución poderosa con un claro mandato internacional, con competencias administrativas y con una autoridad normativa reconocida, no significa que no exista la gobernación global, lo que sucede es que hoy no está encarnada por una sola institución, sino que la globalización ha llevado a redes no territoriales de toma de decisiones a múltiples niveles, a complejos estratégicos como los denomina Mark Duffield, que unen de forma novedosa y compleja a Gobiernos, agencias internacionales, organizaciones no gubernamentales, organizaciones militares y civiles y que son un nexo importante en la formación de la gobernación mundial. Así la gobernación no está encarnada en una sola institución, sino en todas las redes y conexiones que aúnan a diferentes organizaciones, grupos de interés y formas de autoridad.

El objetivo de los complejos estratégicos estatales y no estatales que encarnan la gobernación global no es el control directo del territorio, su preocupación, a lo que aspira la nueva gobernación global es a establecer una paz, la paz liberal, basada en el palo y la zanahoria, que asegure la estabilidad en sus fronteras beligerantes. La zanahoria es la promesa de ayuda al desarrollo y el acceso a las redes de gobernación en caso de cooperación y seguimiento del poder liberal, mientras la no cooperación corre el riesgo de acarrear diferentes grados de exclusión y aislamiento. La lógica de la paz liberal es una lógica de exclusión y de incorporación selectiva.

El rearme del norte

El rearme militar del Norte ha sido una parte importante de la respuesta que se ha dado a este mundo más tumultuoso. A mediados de los 90 la administración Clinton renunció al dividendo por la paz que pudo traer el fin de la guerra fría y, rompiendo la tendencia decreciente del gasto militar norteamericano, inició un proceso de rearme que situó a Estados Unidos como la única potencia militar de alcance global. Fue con este rearme iniciado en la era Clinton con el que la administración Bush pudo acudir a las guerras de Afganistán y de Irak. Actualmente el gasto militar norteamericano, 578.315 millones de dolares en 2007, representa el 46% del gasto militar mundial. Y si nos referimos a la principal alianza militar del norte, la OTAN, el gasto militar conjunto de los 29 países que la integran raya en el 70% del total mundial. Un gasto militar mundial, conviene no olvidarlo, que ya absorbe el 2,5% del PIB mundial y que se ha incrementado en la última década, en términos reales, en un 45%.

Ni la Unión Europea, ni nuestro país escapan a esta dinámica. Están plenamente comprometidos en el proceso de rearme militar a través de diversos acuerdos y compromisos -el Compromiso de Capacidades de Praga de la OTAN 2002, la Estrategia de Seguridad Europea, el Objetivo Global de Helsinki 2010, el Plan de Acción Europeo de Capacidades, la Agencia Europea de Defensa- que convergen en ese objetivo.

No podemos dejar de hacer mención tampoco, al hecho de que seis países concentran el 80% de las exportaciones mundiales de armamento, y que precisamente cuatro de ellos -EUA, Rusia, Reino Unido y Francia- son miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas con derecho a veto, es decir, los que deberían ser los principales valedores de la paz en el mundo. Ni tampoco, que en 2007, últimos datos disponibles, el Estado español ocupó el octavo puesto de los exportadores mundiales de armamento con el 2% de las exportaciones mundiales.

El rearme del Norte no se ha ceñido a la fuerzas armadas en manos del Estado, desde los años 90 se ha expandido una tupida de red de Compañías Militares Privadas y de Compañías de Seguridad Privadas de ámbito internacional. Recientemente se ha difundido el papel que éstas juegan en las guerras de Irak y Afganistán, pero también hay que destacar su intervención en los conflictos locales o su papel en relación a la necesidad real de seguridad interna de las élites del Sur. Igualmente, acompañan a las industrias extractivas de los valiosos recursos naturales del Sur, siendo un elemento imprescindible para unas industrias aisladas de las sociedades en que operan y que les ha permitido adaptarse a entornos inseguros. Al crecimiento de las compañías militares y de seguridad privadas ha contribuido, entre otras razones, la evolución de las funciones del estado-nación, la desregulación del mercado, las privatizaciones, la posguerra fría y la reducción de los aparatos militares tras el fin del apartheid. Su aparición también es sintomática de un cambio radical en la naturaleza del orden internacional, que si anteriormente se basaba en el control del territorio, hoy tiene más que ver con el control de los mercados y los procesos.

Seguridad humana

La actual crisis económica marca, como señalábamos al principio, un momento de cambio en el que se va a decidir el mundo de los próximos años, y como todos los momentos de cambio, también es momento de oportunidades. La salida que se de a la crisis, el modelo económico que se configure tras ella, va a tener un efecto indudable sobre la paz y la seguridad mundiales y debemos por tanto aportar también esta perspectiva al debate.

Hay que ser conscientes de que es el modelo de crecimiento llevado hasta ahora el que nos conduce a las amenazas reales que penden sobre nuestras cabezas. El cambio climático, la competencia o guerra por los recursos y la marginación del mundo empobrecido, estrechamente vinculados al modelo económico actual, son amenazas reales cada día más presentes de no producirse un cambio de rumbo.

Los efectos del cambio climático, las sequías, las tempestades cada vez más frecuentes, las inundaciones pueden malbaratar las cosechas y minar la habitabilidad de determinadas zonas provocando desplazamientos masivos involuntarios de población y escasez de alimentos, aumentando los conflictos sociales y el sufrimiento de las personas. Es ya el momento de sustituir las fuentes de energía que emiten dióxido de carbono, mediante la aplicación de fuentes locales y renovables de energía, que no comprometan a las generaciones venideras, como base principal para la generación energética del futuro.

La competencia por los recursos, el petróleo, el expolio de riquezas minerales, ya está provocando guerras. De no cambiarse los hábitos de consumo y de producción estas guerras se agravarán. Es necesario avanzar en políticas y nuevas costumbres en la conservación de los recursos, en el reciclaje, en la máxima eficiencia en las fuentes de energía, en buscar alternativas al petróleo.

Se pueden proseguir las políticas económicas que han llevado a esta situación o se puede optar por aumentar la cohesión, por poner fin a la exclusión del mundo empobrecido, el expolio al que se le somete a través de las reglas del comercio desigual y a la explotación de sus recursos. Hacer frente a la pobreza global, la exclusión política y la injusticia, actuar decididamente por aumentar la cohesión de nuestro mundo dividido, se convierte en una apremiante necesidad.

Es necesario un cambio de paradigma que articule las estrategias de seguridad ubicando al ser humano en el centro de las políticas públicas e internacionales, con el objetivo de resolver las necesidades de millones de seres humanos afectados por las inseguridades provocadas por la globalización en los ámbitos político, económico, social y cultural. Que hable el lenguaje de los derechos humanos, de la equidad, la justicia y la subsistencia.

Mientras el grueso de los recursos se destine a aumentar nuestras capacidades militares, a intentar blindar nuestro mundo de amenazas exteriores que nosotros mismos contribuimos a alimentar, nos alejamos de trabajar para cumplir los requisitos necesarios para alcanzar la paz a nivel internacional, regional y local. Hay que abordar una auténtica política de seguridad humana para que las personas y los pueblos puedan vivir libres de necesidad y libres de temor, que promueva la gobernabilidad democrática, el crecimiento con equidad y la superación de la extrema pobreza, sólo así podremos avanzar a una mayor seguridad en un mundo más justo y en paz.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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DUFFIELD, MARK. «Las nuevas guerras en el mundo global.» Madrid: Los libros de la Catarata, 2004.

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FONT, TICA Y ALLEPUZ, RAFAEL. “Per una globalització més justa. Parlem?” 2004. Justícia i Pau. Disponible en http://www.centredelas.org

KALDOR, MARY. “Las nuevas guerras. Violencia organizada en la era global” Tusquets editores, 2001

RENNER, MICHAEL. «Una nova definició de la seguretat.» en “L’estat del món 2005. Redefinir la seguretat mundial” Ed. Worldwacht Institute. Barcelona: Angle editorial, 2005.

SEBASTIÁN, LUIS DE. «África, pecado de Europa.» Madrid: Editorial Trotta, 2006.

Notas:

1—Afganistán, Chad, Colombia, Iraq, Israel-Palestina, RD Congo(este), Pakistán (noroeste), Somalia, Sri Lanka, Sudán (Darfur)

2Preferimos este término al de países en vías de desarrollo que refleja menos la realidad.

3La Directiva de Defensa Nacional es el documento que marca los ejes de la política de defensa para la legislatura, o periodo de gobierno. Las anteriores se aprobaron en 1980, 1984, 1986, 1992, 1996, 2002 y 2004. Disponible en http://www.mde.es/descarga/DDN_1-2008.pdf



 04/07/2009

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