La democracia no ha arraigado en Haití

La democracia no ha arraigado en Haití

Haití, el país más pobre de América Latina, se vio sumergido en el caos después de que el mayor terremoto vivido en 200 años afectara el territorio.   Se estima que el daño de la catástrofe ha sido equivalente a un 15% de su PIB. En otras palabras, de un día para otro, Haití ha retrocedido económicamente lo que había avanzado en más de una década. Este hecho ha puesto aún más tensión a una sociedad ya bastante castigada.
La comunidad internacional, ante la crisis humanitaria sufrida en el país, ha corrido atropelladamente en socorro de los habitantes. Durante las primeras semanas ha habido poca coordinación entre los donantes (ONGs e instituciones internacionales) y el gobierno. De hecho, el propio presidente René Préval se quejaba de que algunas ONG buscaban más la «foto» que no la oportunidad para cooperar. Lo mismo podría decirse de muchos gobiernos. Sin embargo, parece que esta situación está mejorando y ya se empiezan a hacer propuestas para el futuro de Haití. Ahora bien, antes de mirar hacia el futuro, hace falta mirar el pasado.
Durante el siglo XX en Haití han imperado los regímenes totalitarios, muy a menudo vinculados a la clase acomodada del país, y con muy pocos miramientos para las amplias capas de la ciudadanía. De hecho, no fue hasta 1990 que se hicieron las primeras elecciones libres después de varios intentos fallidos. El presidente elegido, Jean-Bertrand Aristide, sin embargo, duró pocos meses en el poder, fue derrocado con el apoyo de la élite haitiana porque, entre otras razones, intentó subir el salario mínimo a los trabajadores.
Cuatro años pasaron hasta que Aristide volviera al poder, en 1994, con el apoyo militar de Estados Unidos. Se desmanteló el ejército, protagonista de los frecuentes golpes de estado, y se firmó, bajo presión internacional, un acuerdo para liberalizar la economía del país. Este acuerdo lo firmaron Haití, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial y tres países donantes: EE.UU., Canadá y Francia.

El acuerdo llevó Haití a privatizar parcialmente dos compañías estatales (de las nueve que se habían propuesto) bajo una fuerte oposición pública. Se liberalizaron sectores tan básicos para la economía del país como la agricultura. Este hecho dio pie a la importación de productos agrícolas extranjeros norteamericanos subvencionados, a unos precios más bajos. Esto hundió más en la pobreza la amplia mayoría de la población que vivía del campo.

Además, el programa se basó en mayores ayudas al sector del ensamblaje (y muy especialmente a las famosas maquilas). Un sector que sólo daba empleo a 60.000 personas mientras se despreciaba las 2 / 3 partes de la población ocupada en el sector primario. Las miserables condiciones de la agricultura y las ayudas al sector de la exportación hicieron desplazar una gran cantidad de haitianos de las zonas rurales a las urbanas, obligándoles a apilarse en unas ciudades que no podían soportar tanta gente.

Finalmente, Haití se vio forzado por los países donantes a mantener el salario mínimo de 1,9 $ / día, un salario tan indigno como las condiciones sanitarias de los suburbios de Port-au-Prince. Y además, para acabarlo de rematar, el FMI pidió que se redujera el número de funcionarios, atacando uno de los pilares del desarrollo de una sociedad a largo plazo como son la sanidad y la educación.

Ahora que gobiernos, instituciones internacionales y donantes particulares están pensando en el camino de la recuperación de Haití, conviene no olvidar la historia que nos deja el pasado. Haití fue la primera colonia latinoamericana en independizarse, pero no ha aprovechado este tiempo para desarrollarse. La clase política gobernante, más preocupada por sus propios intereses, ha abandonado la ciudadanía e incluso la ha reprimido y atemorizado cuando ha sido necesario. Las diferentes intervenciones internacionales tampoco han ayudado al país en general.

La democracia no ha arraigado en Haití y una de las principales razones es que la democracia en Haití no ha ido ligada a los derechos humanos. Y la democracia y el desarrollo, sin derechos humanos, pierden todo su sentido. Esta es una lección que deberá tenerse muy en cuenta si se quiere que Haití camine hacia la estabilidad, la prosperidad y la paz.



 15/02/2010

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