De Hiroshima y Nagasaki a Fukushima, pasando por Chernóbil – Jordi Foix

De Hiroshima y Nagasaki a Fukushima, pasando por Chernóbil – Jordi Foix

Esta se la presentación hecha por Jordi Foix del libro «Riesgos y amenazas del arsenal nuclear», de Xavier Bohigas y Teresa de Fortuny. Ed. Icaria 2015 enmarcado en la Campaña por la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN).

El próximo mes de agosto de este año se cumplirá el 70 aniversario de la explosión sobre Hiroshima y Nagasaki de las dos primeras bombas atómicas sobre población civil de la historia. De hecho, según se ha sabido posteriormente, Japón ya había perdido la guerra y estaba a las puertas de la capitulación. A pesar de ello, el gobierno de Estados Unidos no desaprovechó la ocasión de marcar territorio con la finalidad de que quedara claro cuál era la emergente potencia mundial dominante a partir de ese momento, cuando ya se divisaba la Guerra Fría con la antigua Unión Soviética.

El arsenal nuclear hoy en día se calcula en unas 17.000 bombas atómicas, no parece que seamos muy conscientes de esta realidad a pesar del carácter exterminados de esta acumulación inmensa de material militar, de esta capacidad de destrucción masiva.

El libro escrito por Xavier Bohigas y Teresa de Fortuny es, a mi parecer, una muy buena recopilación, un buen análisis del estado actual de la cuestión nuclear, especialmente en su vertiente militar des de sus orígenes en el proyecto Manhatan en el año 1939, hasta hoy en día, sin olvidar su relación íntima con la dimensión “civil” del tema nuclear. Un libro “herramienta” que puede contribuir positivamente al conocimiento de esta realidad y a la necesidad de luchar por su desaparición.

Arcadi Oliveres en el prólogo del libro que hoy presentamos, y los mismos autor y autora del libro, en las conclusiones finales, coinciden en hacerse la misma pregunta: ¿Cómo puede ser posible la falta de respuesta de la opinión pública mundial ante la problemática de las armas nucleares, cómo puede estar tan adormecida?

Una posible respuesta la podemos encontrar en otro libro que en buena medida es complementario de éste que hoy nos ocupa, se trata de un libro más centrado en la problemática nuclear civil.

Escrito por el autor francés Roger Belbéoch, fue publicado en nuestro país en el año 2011 por una pequeña editorial de Granada (Malapata Ediciones) con el título de “Chernoblues” y con un subtítulo que nos da algunas pistas: “De la servidumbre voluntaria a la necesidad de servidumbre”. Cómo puede ser que no exista la respuesta sociales que haría falta ante un peligro de dimensiones planetarias, se pregunta también e intenta buscar respuestas siguiendo el hilo del escrito “Discurso sobre la servidumbre voluntaria” (Ed. Trotta, 2008) de un pensador humanista francés, Étienne de la Boétie (1530-1563), a partir del cual el autor, Belbéoch, analiza cómo el ciudadano prefiere no conocer la magnitud real del peligro en que vive para llevar una vida “normal”. Estamos ante una especie de autoritarismo tecnológico en el que según el autor nos encontramos ante una conjunción muy curiosa entre la necesidad que tienen los administradores de mentir y la necesidad que tienen los “ciudadanos” de que estas mentiras resulten creíbles.

Otra posible respuesta que nos puede ayudar a complementar el argumento explicativo anterior es el concepto de “manufactura del consentimiento”, desarrollado por Noam Chomsky (Los guardianes de la libertad. Austral 2013, escrito con Edwards Herman) y que facilita entender como se transmite a través de los grandes medios de comunicación (de “formación de consenso”) la propaganda estatal y científica al servicio del complejo militar-industrial. La construcción psicosocial de la imagen del enemigo siempre es previa al conflicto y sirve para generar el consenso necesario que facilitan las imágenes distorsionadas, hostiles, amenazadoras, que ponen en peligro nuestros valores considerados como sagrados, sean civiles, políticos o religiosos. Los grandes medios de comunicación de masas, como herramientas de construcción del consenso social, son los grandes facilitadores de este tipo de imágenes distorsionadas. Se niega la complejidad (como nos explica Edgar Morin) y se potencia un pensamiento dual en el que solo existe lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, nosotros y ellos, facilitando y generando esta manufactura del consentimiento.

Un buen ejemplo de esto sucedió hace diez años. Cerca de conmemorar el 25 aniversario del accidente de Chernobil, pudimos vivir una intensa campaña internacional pronuclear, a través de los principales medios de comunicación, que también se concretó en nuestro país. Se recurrió a expertos científicos, como James Lovelock, el autor de la hipótesis GAIA, políticos, personajes mediáticos, hasta sindicalistas como dirigentes de la UGT, o como es el caso de José María Fidalgo, que entonces era secretario general de CCOO y actualmente está en la órbita del Partido Popular, escribiendo tribunas pronucleares en las páginas de “El País”. El argumento principal que se daba era el carácter supuestamente retrógrado de los ecologistas, pacifistas y antinucleares y la necesidad de renovar y popularizar la supuestamente inocua y más segura energía nuclear ante la reducción inevitable de combustibles fósiles. En ningún momento se planteaba que quizás lo que hacía falta –y hace falta, decimos nosotros los ecopacifistas- es replantearnos el modelos de crecimiento y a la vez el cambio progresivo del modelo energético.

El caso es que en plena campaña de intoxicación informática, sucedió la catástrofe de Fukushima el 11 de marzo de 2011 dejando en evidencia los argumentos supuestamente científicos de los propagandistas pronucleares.

Con el caso de las nucleares militares, con propósitos y objetivos semejantes, coincidiendo con el fin de la Guerra Fría, se produjo una especies de colapso informativo, a la vez que se avanzaba, gracias a la presión social, con diferentes acuerdos aunque fueran parciales, con los resultados contradictorios que si bien se ha reducido el arsenal nuclear debido a los diferentes tratados y campañas, con la consecuente reducción de la sensación de peligro nuclear, este peligro, en realidad, no ha sido suficientemente reducido, además de seguir siendo absolutamente exterminista, la realidad se ha dispersado y se ha hecho más inestable (hoy no existe el “equilibrio del terror”, la disuasión nuclear) y se han diversificado las situaciones de guerra fría –o no tanto- y de peligro potencial (como el estado nuclearizado de Israel en el Medio Oriente y la investigación nuclear en Irán; Corea del Norte y Corea del Sur, la situación de conflicto permanente entre dos potencias nucleares como India y Pakistán, con una explosiva combinación de poder nuclear y el nacionalismo más beligerante y sectario; el conflicto latente entre India y China, el conflicto entre la OTAN y Ucrania con la actual Rusia de Putin; …). Siempre que exista un estado que disponga de armas de destrucción masiva, habrá otro estado que tenga la tentación de producirlas. El único estado que históricamente ha tenido capacidad nuclear y renunció a ella ha sido Sudáfrica, cosa que se debe reconocer, y es un ejemplo de que se puede hacer el camino inverso.

No es cierto, por más que insistan sus defensores, que haya una separación entre la industria nuclear militar y la industria civil. Existe un hilo de continuidad que hermana a las víctimas de Hiroshima y Nagasaki con las víctimas de Chernóbil o Fukushima, con los miles de hombres, mujeres, niñas, niños, afectados por la agresión con armas tratadas con uranio empobrecido –proveniente de centrales nucleares civiles- durante la guerra de la antigua Yugoslavia o las dos guerras del Golfo, entre otras.

Uno de los elementos remarcables y novedosos del libro que presentamos es la descripción detallada de como el apocalipsis nuclear se puede desencadenar no necesariamente por una confrontación bélica inicialmente sino tan sólo por un accidente o un error humano, y nos lo explican con muchos ejemplos que nos han llevado al lindar de una crisis nuclear con consecuencias imprevisibles, o situaciones como la de la “crisis de los misiles” del año 1968, o el accidente de Palomares en nuestro país. Es más o menos como nos explicaba desde el humor negro Stanley Kubrick en la película “Dr. Strangelove o cómo aprendimos a amar la bomba” que aquí fue titulada “Teléfono rojo, volamos hacia Moscú”, la diferencia es que en este caso era ficción y en las situaciones que nos explican los autores del libro no es ficción y las consecuencias habrían podido ser catastróficas.

II

Hace ahora 67 años, en la primavera de 1958, en plena Guerra Fría se organizó una marcha que, saliendo de Londres debía llegar hasta Aldermaston, a pocos quilómetros de la capital inglesa. El motivo de la manifestación era protestar contra un centro de investigación de armas nucleares instalado en ese pequeño pueblo. La manifestación que reunió cerca de cinco mil personas, entre las que se encontraba el filósofo Bertrand Russell fue, sin saberlo sus convocantes en ese momento, después de la Segunda Guerra Mundial, el inicio del movimiento pacifista y antinuclear moderno en los países occidentales; años atrás había nacido en Japón el movimiento de los Hibakusha, protagonizado por los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki.

La convocatoria fue realizada por la CND-Campaing for Nuclear Disarment, la misma organización que cincuenta años después, en 2008, para conmemorar el aniversario, convocó una marcha en la misma base donde el gobierno británico actual está investigando sobre una nueva generación de armas nucleares y donde participaron 120.000 personas. Algunos de los manifestantes, ahora con más de setenta años, eran los mismos que iniciaron un movimiento social que ha influido en buena medida, tanto en contenidos y promoción de valores como en formas de protesta, en los movimientos sociales internacionales, como la campaña contra la OTAN en nuestro país hasta las protestas internacionales contra la invasión de Afganistán y Irak.

El símbolo que ha acompañado todos estos años la lucha antinuclear y contra la guerra, un círculo de tres líneas en el interior –que significa “nuclear disarmament” en el lenguaje de símbolos del mar- apareció precisamente en esos momentos. Creado por Gerald Holton, un estudiante de arte, por ser el anagrama de la campaña, el logotipo empezó a caminar solo, traspasó el océano Atlántico y se convirtió en el emblema de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y también contra la guerra de Vietnam. Apareció por las paredes de Praga en la primavera del año 1968, con la invasión de los tanques soviéticos; también en las paredes de la Sudáfrica del apartheid, en nuestra campaña por la salida de la OTAN y contra la invasión de Irak, llegando hasta hoy en día que ya es un símbolo universal. Holton explicó posteriormente que también una de sus fuentes de inspiración fue el cuadro de Goya de los fusilamientos.

Hablando de aquellos años cincuenta, en una de las concentraciones de protesta contra la carrera de armamentos nucleares fue detenido Bertrand Russell que ya era muy mayor, tenía más de ochenta años. El juez al verlo de comentó: “¿No le da vergüenza, a su edad?”. Russell le contestó: “Creo que con mi edad, a usted le debería dar envidia?”. De alguna manera, Bertrand Russell, con esta anécdota que fue citada más de una vez por nuestro Francisco Fernández Buey, nos explica la única manera de romper el muro del silencio y la intoxicación informativa, de romper la “manufactura del consentimiento”.

III

Decenas de miles de personas se congregaron el año pasado 2014 en Hiroshima y Nagasaki con motivo del 69 aniversario del lanzamiento de las primera, y esperemos que últimas, bombas atómicas sobre población civil. Hay que recordar que el gobierno de Estados Unidos nunca ha pedido perdón por los hechos ni las dos ciudades han recibido la visita de ningún primer mandatario norteamericano. Esperemos que libros como este sean herramientas útiles, por su calidad y claridad, no sólo como recordatorio sino también como estímulo para seguir luchando contra el peligro nuclear.

Como afirmó Hans Blix, que dirigió las inspecciones de la ONU en la investigación sobre armas de destrucción masiva en Irak y que demostró su inexistencia, y que fue otro ejemplo de intento de manipulación de la opinión pública con la construcción del consenso que se estaba produciendo como una mentira masiva: “las armas de destrucción masiva no se pueden desinventar pero sí se pueden prohibir”. Este es el reto, cómo construir una opinión pública, unas iniciativas ciudadanas que recuerden a los poderes públicos que hay que recorrer un camino inverso al que ahora hará 70 años llevó a las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki a experimentar en carne propia un camino equivocado que aún pagan los supervivientes y sus descendientes.

Jordi Foix Robert
Barcelona, enero de 2015



 31/01/2015

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