Ni necesitamos ni queremos misiones militares en el exterior

Ni necesitamos ni queremos misiones militares en el exterior

Editorial Materiales de trabajo 50

Desde que el ejército español comenzó a participar en operaciones militares en el exterior en 1989, más de 137.000 militares han sido desplegados en más de cincuenta operaciones en cuatro continentes.

Estas intervenciones militares en el exterior, desde el discurso oficial siempre han sido llamadas misiones de paz y han cumplido varios objetivos. Su funcionalidad no ha venido por la necesidad de dar respuesta a graves crisis humanitarias, la imposición o el mantenimiento de la paz, sino que lo que realmente ha determinado la elección de donde se intervenía ha sido en función de los intereses geoestratégicos del momento, ya fueran propios o los aliados, encubiertos bajo el eufemismo de unos supuestos compromisos internacionales.

A nivel más doméstico, las intervenciones han servido para afianzar la presencia de España en la esfera internacional, lo que se llama «plantar bandera», para exhibir fortaleza militar, aquello que sin pudor afirma la última Directiva de Defensa Nacional cuando afirma que la mejor contribución española a la seguridad mundial es su fortaleza militar. Internamente se han utilizado como herramienta de propaganda para legitimar las fuerzas armadas españolas, que venían de una fuerte crisis de legitimidad que desembocó en la profesionalización de los ejércitos y en una posterior crisis del reclutamiento de efectivos.

Ahora, la actual crisis económica ha añadido otra funcionalidad a las intervenciones militares en el exterior. La crisis económica no ha llevado a un replanteamiento de la política de defensa que comportara abandonar un modelo de ejército sobredimensionado, reducir de manera significativa sus efectivos y recortar de manera drástica el gasto militar. Los ajustes presupuestarios, menores que los que ha sufrido el gasto social, se han repartido por una parte en ingeniería financiera para ocultar gastos de rearme, trasladándolos hacia el futuro; y por otra parte, en limitar al máximo los gastos de mantenimiento ordinario, de reducir los ranchos, de ahorrar en munición, haciendo que en la práctica hayan quedado prácticamente a cero las partidas presupuestarias destinadas a pagar las maniobras, el combustible o la munición, es decir, todo lo que garantiza que el ejército sea operativo. Así, el Estado Mayor de la Defensa ha tenido que elaborar y dar prioridad a los planes para poder garantizar que un pequeño núcleo del 10% del ejército esté operativo. Tal como declaró el ministro Morenés «vale más tener un 10% al 100%, que un 100% al 10%».

Las misiones en el exterior han venido ahora a ser una tabla de salvamento para tener un mínimo de unidades en condiciones operativas. Son las unidades que participan en las misiones en el exterior las que pueden recibir entrenamiento intensivo, las que ven completadas sus plantillas y las que tienen cubiertos todos sus equipamientos. Todo ello gracias a que los recursos para hacerlo no provienen de los presupuestos ordinarios sino de la partida ampliable destinada al que llaman con el eufemismo de «misiones de paz». Partida ampliable que siempre amplía, desde el 14 millones iniciales hasta los 800 de media de los últimos años.

Basta de engaños, ni necesitamos mantener un ejército sobredimensionado con unas armas que no se necesitan, compradas con un dinero que no tenemos, ni las intervenciones exteriores son misiones de paz como se empeñan en llamarlas. Hay que anular las operaciones militares en el exterior y reducir significativamente los efectivos militares actuales y adecuarlos a las necesidades reales de seguridad.


  Lea el artículo en

 26/08/2014

Líneas de investigación:
Destacamos: ¡Nuevo mapa interactivo sobre la militarización de fronteres!