El Ministerio de Defensa se “defiende” del movimiento pacifista

El Ministerio de Defensa se “defiende” del movimiento pacifista
Nuestra movilización y nuestra respuesta alternativa a los valores militares es más necesaria que nunca porque resulta aterrador que los estados opten por la vía bélica y patriotera en lugar de potenciar la diplomacia, los organismos internacionales, los métodos de defensa no violenta y un comercio justo que requiere un marco de paz.

Ciertamente es un tanto paradójico, pero también sintomático. El Ministerio de Defensa, a través de su secretaria general técnica, ha publicado recientemente un documento, Las Claves del porqué, en el que intenta justificar socialmente su propia existencia y la del gasto militar. Partimos del hecho que el presupuesto gubernamental ligado a los ejércitos ha experimentado un crecimiento meteórico y desproporcionado en los últimos tiempos, incluso con este gobierno de coalición que se proclama progresista, antes y después de encontrarse en funciones.

El documento trasluce lo que no dice explícitamente: una mala conciencia y una necesidad de “defenderse“ y contraargumentar los planteamientos de los movimientos pacifistas y antimilitaristas, los cuales son tachados de demagógicos por aquello de ‘o tanques o mantequilla’.

La ‘clave’ más importante que se plantea es la funcionalidad del ejército para aportar seguridad. Podríamos estar de acuerdo en que la seguridad es un valor importante si lo asociamos a la práctica de libertades personales, de expresión, de manifestación y de movimientos. Y con la pura supervivencia. Sin embargo, lo cierto es que en las últimas décadas el concepto de ‘seguridad’ ha evolucionado de acuerdo con una progresiva pacificación de la sociedad, una profundización en los valores democráticos y un concepto de seguridad humana ligada a los derechos humanos básicos, así como a movimientos y sensibilidades contemporáneas como el feminismo y el ecologismo. 

El Ministerio de Defensa, a través de su secretaria general técnica, ha publicado recientemente el documento Las Claves del porqué, en el que intenta justificar socialmente su propia existencia

En ese marco, y en la medida que en las últimas décadas nuestras sociedades europeas, tras dos guerras mundiales —y la civil española—, valoraban más la paz y la vida que la guerra o la cultura militar, iba perdiendo justificación la existencia de los ejércitos; más todavía en cuanto los cuerpos policiales se especializaban en el mantenimiento del ‘orden público’ (tema en el cual no nos metemos ahora) mientras que la práctica de la justicia y la resolución no violenta de los conflictos quedaba también en manos de una administración específica.

Simultáneamente, los estados, especialmente aquellos que conocemos como “estados de bienestar”, se han ido consolidando y reforzando precisamente por la drástica disminución de los presupuestos de defensa y la priorización de servicios como la sanidad o la educación y la cultura, mucho mejor valorados por la ciudadanía. No se entendería de otra manera el llamado ‘milagro alemán’ posterior a la última guerra mundial.

De aquí que los ejércitos occidentales, ante su inacción y potencial inutilidad, se hayan afanado en crear cuerpos especiales como la UME, se interesen por estar presentes en las ferias juveniles, en el mundo de la enseñanza o en las procesiones de semana santa, tal como aparece en el documento citado al principio. Así mismo, tratan de justificar su presencia internacional en ‘misiones de paz’ que a menudo resultan desenfocadas, inútiles o incluso contraproducentes por no conocer y tomar la correcta medida al territorio y los pueblos autóctonos.

En cuanto un estado se encuentra más avanzado en un proceso de civilización va primando los aspectos que benefician una ciudadanía más culta y responsable por encima de los aparatos militares que, a lo largo de la historia, a menudo han agredido esa misma ciudadanía. Además, siguiendo la teoría de la oportunidad del economista y premio Nobel Paul Samuelson (de quien es la expresión de “cañones o mantequilla”) es evidente que el dinero dedicado a submarinos o tanques no va a invertirse en hospitales o escuelas. Con el agravante de que su destino final es destruir y ser destruidos. O acabar, rápidamente, en la obsolescencia.

La tendencia a priorizar el lado positivo del Estado se encuentra en crisis y no solo por las políticas estatales, sino también por la limitada movilización de una ciudadanía atomizada y neutralizada como tal

Desgraciadamente, parece que la tendencia a priorizar el lado positivo del Estado se encuentra en crisis y no solo por las políticas estatales, sino también por la limitada movilización de una ciudadanía atomizada y neutralizada como tal. En el momento actual es realmente preocupante que estemos dando pasos hacia atrás. Los presupuestos militares aumentan en la medida que la inseguridad y el belicismo se hacen protagonistas en el escenario internacional al tiempo que el mismo problema desaparece de los debates en la política nacional. Ante la investidura de un nuevo Gobierno, tan polémica, la defensa y los presupuestos militares no son objeto de ningún debate público en las cámaras que nos representan.

En el fondo del documento comentado, y ello es interesante, se encuentra la misma razón de ser de los ejércitos. Bien es cierto que las guerras y otros hechos violentos se encuentran en el mismo origen de los estados (Michel Foucault o Charles Tilly, entre otros, dixerunt), lo cual da que pensar. Pero, como hemos venido diciendo, la estabilidad y legitimidad de estos mismos estados va ganándose en la medida que abandonan el militarismo y toman otros caminos hacia la democracia, la participación y el respeto de los derechos humanos.

Si emprendemos la vía del rearme, estamos fabricando una bomba de relojería que nos puede explotar en las manos

Si emprendemos la vía del rearme, estamos fabricando una bomba de relojería que nos puede explotar en las manos y, paralelamente —como aquel que no quiere la cosa— caminamos hacia los valores autoritarios, el desgaste y la desvirtuación de una democracia que se “desdemocratiza”. Lamentablemente, a pesar de que la tradición antimilitarista y antibelicista es profunda y potente, se encuentra insuficientemente vertebrada, tal como muchos pacifistas autocríticos han puesto de manifiesto.

Nuestra movilización y nuestra respuesta alternativa a los valores militares es más necesaria que nunca porque resulta aterrador que los estados opten por la vía bélica y patriotera en lugar de potenciar la diplomacia, los organismos internacionales, los métodos de defensa no violenta y un comercio justo que requiere un marco de paz. ¿Saldremos algún día de la prehistoria, de los valores guerreros y de la sofisticación armamentística para resolver nuestras diferencias?



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